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Los 52 retos

  1. Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.
  2. Describe una escena sensual con una pareja que termina desnuda en la barra de un bar.
  3. Imagina que eres un superhéroe con una gran fobia a la oscuridad, escribe un relato de superación.
  4. Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo deus ex machina.
  5. Usa la frase: “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.
  6. Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes.
  7. Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día.
  8. Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendentepara cambiar totalmente esa historia.
  9. Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.
  10. Haz una historia con un protagonista que evoque tu niñez.
  11. Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.
  12. Combina estos tres personajes a modo de secundarios: ‘el hombre de hojalata’, ‘un dragón enamorado’ y un ‘ogro’ para hacer con ellos una narración fantástica.
  13. Escribe un relato inspirado en una noticia que hayas leído esta semana.
  14. Describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama. La idea es que tomando el desenlace como inicio hagas un recordatorio de cómo se ha llegado a esa situación.
  15. ¡Cambia el devenir de los hechos! Elige un momento histórico clave y construye una realidad totalmente diferente, ¿qué hubiera sucedido si…? Practica sin miedo toda tu destreza con la descripción.
  16. Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.
  17. Describe tu día a día como si fueras un zombi.
  18. Cambio de roles. Elige una novela e intercambia los papeles de los personajes principales con los secundarios para crear una nueva ficción.
  19. Escribe un relato cuyo personaje atormentado solo vea el suicidio como solución.
  20. Realiza un texto en el que no aparezca en ningún momento la letra ‘p’.
  21. Crea un relato cargado de sarcasmo para describir la escena de unos recién casados que organizan una cita con los amigos para ver en conjunto todo su reportaje de boda incluyendo también la luna de miel…
  22. Escribe una historia de terror cuyo contexto se enmarque en un manicomio.
  23. Comienza un relato con: “Nada, no le queda nada”.
  24. Con el último objeto que veas o utilices a lo largo del día, inventa una historia.
  25. Utiliza toda tu creatividad para describir de forma cómica un relato de una visita a la peluquería con final dramático.
  26. Escribe una historia en la que retrocedas al pasado y seas tú el protagonista.
  27. Inventa un relato con una mujer como heroína y su camino hasta llegar a serlo.
  28. Escoge tus tres libros favoritos y utiliza la primera palabra de cada título para hacer un relato en el que las integres.
  29. Escribe una historia de un personaje con miedo al amor.
  30. Describe en un relato con un personaje inventado una situación que te ponga de los nervios.
  31. Escribe una historia que incluya las palabras: “billete”, “magia” y “sordo”.
  32. Piensa en alguien a quien echas de menos y ya no está para recrear un relato cargado de emoción.
  33. Realiza una historia que tenga lugar en el fondo del mar.
  34. Escribe un relato de un animal como protagonista que actúa de narrador contando las costumbres raras que tienen los humanos.
  35. Utiliza tres clichés de la ficción para hacer un escrito con ellos.
  36. Haz una historia que tenga al final una frase moralizante a modo de fábula.
  37. Escribe un relato en el que los personajes se conozcan a través de las redes sociales y se desarrolle en este medio toda la trama.
  38. Documéntate si es preciso para hacer una descripción al detalle de un personaje que sufre una determinada adicción.
  39. Desarrolla un relato en forma de carta.
  40. Utiliza un refrán integrado en un texto creativo.
  41. Escribe una historia con lo que haría un personaje que sabe que le queda una semana de vida.
  42. Atrévete a ser infiel en un relato y describe al detalle las sensaciones de los personajes.
  43. Convierte a tu personaje en un asesino. Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas… Todo ello sobre el papel.
  44. Escribe con sinceridad retomando una historia que te podía haber pasado, pero en su lugar escogiste otro camino.
  45. Crea un relato que contenga una escena en la ducha.
  46. Utilicemos la fantasía e imaginación. Inventa una historia en la que se mezcle en algún momento un smartphone con un neandertal.
  47. Escribe un cuento de princesas, pero dale un vuelco radical a algunos de sus tópicos.
  48. Describe los pensamientos y sensaciones de un personaje que está en coma.
  49. Crea una ficción a partir de una fiesta o celebración propia de tu municipio/ciudad/país.
  50. Escribe un relato sobre la amistad entre un hombre y un animal.
  51. Escribe un relato en el que un personaje intenta comunicarse con un ser de otro planeta.
  52. Describe una situación cómica que transcurra en el último día del año.
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RETO 7. El árbol tiene la clave

Aquella noche hacía mucho frío en casa. El viento que arreciaba desde el bosque agitaba nervioso el árbol joven que reinaba en el jardín de verde primavera. Ese viento se colaba entre las rendijas de las ventanas abiertas y golpeaba en las paredes blanquecinas, bajando la temperatura hasta ver el vaho que salía de la respiración pausada de Antonio, durmiendo desnudo, con la piel de gallina.
Al ver salir el sol, el viento se detuvo pero el frío siguió. Antonio se levantó extrañado. Aquel frío en aquella época del año no era normal, pero su preocupación venía porque no recordaba haberse metido en la cama. No recordaba haber cenado ni haber comido. Se miraba las manos llenas de cicatrices pero no podía recordar el por qué de aquellas heridas. Se miró al espejo y aquel rostro envejecido, de pelo canoso y ojeras marcadas no era el que llegaba a ver en la profundidad de sus pensamientos. Era una cara desconocida, un cuerpo musculoso pero descuidado que no tenia en su mente.
El frío en la habitación era intenso. Antonio soplaba vaho gélido cada vez que exhalaba. Abrió la ventana que daba al jardín y el paisaje montañero no era el de que tenía en su casa. Aquel lugar no era su casa, eso lo tenía claro. Estaba en un sitio extraño.
Se sentó en un silla de madera que había allí, escudriñando en lo más hondo de su cerebro para ver si conseguía encontrar una solución a aquella pérdida de memoria, pero incapaz de llegar a los últimos momentos de su vida. Recordaba a su mujer y a sus hijas pequeñas corretear por el barrio pequeño de la ciudad. Recordaba cuando él era joven o incluso algunas vivencia salteadas de su infancia, pero no tenía constancia de lo que había hecho hasta hacía poco.
Se volvió al espejo y los ojos negro que miraban eran extraños. Respiró profundo y en el espejo se dibujaron unas letras salteadas. Antonio se sobresaltó. Siguió soplando sobre el espejo hasta que una frase lo llenó por completo: “el árbol tiene la clave”.
—¿El árbol tiene la clave? —Preguntó en voz alta, con esa gravedad que salía de sus cuerdas vocales, adormiladas.
Las letras se fueron difuminando poco a poco y de nuevo aquel rostro extraño frente a él. Una habitación y un lugar desconocidos y un mensaje que le tenía indeciso. El robusto árbol del jardín estaba casi en el centro, rodeado por el aroma de una hierba fresca que se mecía de un lado a otro. Antonio bajó por las escaleras que llevaban directas al exterior del chalet. Sus pies descalzos pisaron el manto verde y caminando llegó a la corteza erosionada de un árbol que mostraba sus primeras flores blancas. La corteza era suave pero recia, llena de heridas sangrantes de savia, como lágrimas de unos ojos tristes.
Antonio comenzó a rebuscar en cada rincón del cerezo en tratando de encontrar una señal que le dijera qué hacía allí, que le mostrara algún fragmento de lo que le había sucedido en las últimas horas, días o tal vez semanas. El viento agitaba las ramas semidesnudas y algunos pétalos caían como hojas de papel en blanco sobrevolado los pensamientos de un nuevo escritor. Fue entonces cuando, al lado de la corteza que daba a la senda que llegaba del bosque frondoso, unas marcas hechas a cuchillo con el nombre de Antonio y una flecha indicando al suelo. Miró a la hierba y, donde indicaba la fecha, un trozo de tierra removida le llevó a pensar que allí había algo enterrado. Comenzó a escarbar con las manos desnudas, apartando la tierra a los lados hasta que tocó algo duro. Siguió quitando, esta vez con más cuidado hasta que descubrió una caja de metal. La sacó impaciente y, sentado en el suelo algo húmedo, la abrió sin miramientos. En su interior, fotos y un sobre con su nombre se mezclaban con colgantes y frascos pequeños, tal vez colonias.
Antonio empezó a sacar las fotos, en las que podía verse junto a dos niñas y una mujer de pelo largo y oscuro. “Mis niñas” pensó, abrazado por una tristeza enorme, siendo incapaz de recordar nada de ellas más allá de las fotos que tenía en las manos.
Sacó un sobre en el que ponía su nombre y al abrirlo, una carta:

“Hola Antonio.
Si estás leyendo esta carta es porque has encontrado los mensajes ocultos que te han llevado a la caja. Tú estás escribiendo esta carta para recordarte que tu memoria a corto plazo te ha fallado por completo y a largo plazo se está marchando irremediablemente. En esta caja encontrarás los recuerdos esenciales para poder encontrar las respuestas a la preguntas que te estarás haciendo. Mañana cuando despiertes, es probable que no te acuerdes de quién eres, pero, tal vez, llegues de nuevo a esta caja y tengas la oportunidad de recordar lo feliz que eras cuando todo era normalidad.
Disfruta de las fotos y de los aromas de tu mujer y de tus hijas.
Vuelve mañana por aquí. Te estaré esperando.”

Antonio cerró el sobre y se miró las manos llenas de heridas. Supo entonces que aquella no era la primera vez que escarbaba en busca de aquella caja. Cuando terminó de ver las fotos y de llorar por no saber dónde estarían ellas en ese instante, cogió la caja y la llevó al interior de la casa, dejándola junto a la mesita de la habitación. Un sueño intenso le poseyó, como si los brazos de Morfeo le arrebataran la consciencia. Se miró de nuevo en el espejo y cambió el mensaje de “el árbol tiene la clave” por “abre la caja de la mesita”.
Cuando se tumbó sobre las sábanas crudas, le dio tiempo a quitarse la poca ropa que se había puesto antes de caer en un profundo sueño.

Al despertar hacía mucho frío, tanto, que Antonio lanzaba bocanadas de vaho mirando al techo de la habitación. No recordaba cómo había llegado a la cama ni que aquella habitación fuera de su casa. Se miró al espejo extrañado al ver esa cara arrugada y aquellas canas salteadas. Resopló porque su memoria le estaba jugando una mala pasada y frente a él un mensaje oculto se mostró: “El árbol tiene la clave”.
Sorprendido reculó hasta caer en la cama. Empezó a darle vueltas al mensaje, sintiendo la brisa que caía desde las montañas transportando un aroma a madera mojada. Se asomó a la ventana y vio un árbol en medio de un jardín del que no recordaba nada. Salió junto al cerezo, lo rodeó y mirando atentamente hasta que dio con su nombre y una flecha indicando el suelo. “La tierra está removida —pensó—. Seguro que debajo hay algo escondido que me sirva de ayuda”, entonces, al ir a escarbar, se miró las manos llenas de heridas, algunas bastante recientes y otras, cicatrices de tiempos lejanos. Aquello le puso en alerta, sobre todo cuando consiguió sacar la caja y leyó la carta que se había escrito a si mismo. “¿Cuántas veces habré escarbado esta tierra?” se preguntó tratando de recordar algo que fuera lo más cercano en el tiempo, pero en sus pensamientos flotaban imágenes sueltas de recuerdos atemporales. Ya no estaba seguro ni de que los recuerdos que podía ver fueran de él.
Antonio miró las ramas del cerezo. Algunas desnudas y otra con flores crecientes. Abrazó la caja abierta para luego lanzarla lejos, más allá de la valla del jardín. Se puso en pie con lágrimas en los ojos, entró en la casa decidido cuando un terrible cansancio se abalanzó sobre él. Consiguió coger los pantalones que tenía sobre la cama y bajó a duras penas de nuevo al exterior. Comenzó a escalar el árbol hasta llegar a lo más alto, a unos cinco metro sobre el suelo, se ató una pata del pantalón al cuelo y la otra a la base de una de las ramas. Respiró hondo y saltó como si fuera a flotar sobre la brisa que se estaba levantando. Un crujido de madera fuerte se entremezcló con gemidos sordos que nadie podía oír.

Aquella mañana el fresco viento entraba por la ventana abierta de la habitación erizando el cuerpo desnudo de Antonio sobre la cama. Despierto e inerte, trataba de recordar cómo había llegado hasta allí.

RETO 3: Cuénteme, MrLefo

Todavía recuerdo el primer día que fui a terapia. Aquel miedo a la oscuridad que llevaba arrastrando desde pequeño, tenía que terminar. Un hombre como yo, un superhéroe anónimo que velaba por los intereses del país, no podía terminar su jornada al caer el sol. Debía superarme por la conservación de un pasado intacto y un futuro memorable.

Entré en el portal de un edificio aislado en una calle antigua de un pueblo perdido de fachadas blancas, casi recién pintadas. Las escaleras emanaban un olor a incienso que me transportó a las interminables horas en la iglesia de mi pueblo ejerciendo de monaguillo. Mis padres me llevaron a odiar aquel lugar hasta tal punto, que estuve a punto de darme la vuelta por no soportar aquellas visiones en mi cabeza.

La puerta de la terapeuta estaba abierta, así que me invité a entrar. Una pequeña sala de espera con dos sofás de piel gastada eran la bienvenida que recibí. Las paredes pintadas de blanco nuclear sujetaban cuadros horribles de niños esqueléticos jugando a diversos juegos. Eran antiguos y chillones.

Me senté en un sofá y al instante la puerta de la calle se cerro y otra se abrió seguida por una dulce voz que decía mi nombre. La seguí nervioso, como un joven explorando lo prohibido por primera vez. Dentro, una mujer joven, de unos treinta años, me esperaba sentada frente a un escritorio de madera blanco, rodeado de paredes blancas, sin adornos.

—Siéntese en la silla, señor Lefo. —señalando una silla blanca.

Y yo obedecí.

Durante casi diez minutos el silencio se fue quebrando con respiraciones, carraspeos, chasquidos de dedos y suspiros. Ella miraba un informe, tal vez fuera mío. Yo le miraba a ella, embobado.

—Bueno, bueno, bueno —dijo de repente mirándome a los ojos con esa mirada esmeralda—. Cuénteme, señor Lefo. Cuénteme qué es lo que le ocurre, ¿Por qué ha venido aquí?

—Pues… —comencé dubitativo—. La verdad es que tengo un problema bastante serio con la oscuridad. No sé cómo afrontar las zonas oscuras de mi vida. Cuando llega la noche, no puedo ni siquiera salir a la ventana y contemplar la calle iluminada tan solo por las farolas porque esa negrura me pone enfermo, ¿entiende?

La terapeuta cambió de postura en la silla, pasó de página en el informe y se puso escribir. Yo me sentía bastante incómodo al haber desvelado mi mayor debilidad.

—¿A qué se dedica usted?

—Señorita, lo que yo le cuente aquí no debe salir de aquí. ¿Comprende?

—Señor Lefo, está usted a salvo entre estas paredes —trató de calmarme al verme algo nervioso—. Yo soy su terapeuta y todo lo que usted me diga morirá conmigo.

—Está bien. Tiene usted razón, no debo temer nada.

—Entonces, ¿A qué se dedica?

—Por las mañanas soy el pinche de un informático y me dedico a sacar fotocopias y todo tipo de recados informáticos. Pero cuando termino mi jornada laboral y llego a mi casa… —Hice una pausa tensa hasta que vi crecer una vena en el cuello de la joven loquera—. Es entonces cuando saco mi verdadero potencial y me convierto en MrLefo, superhéroe gramatical.

El bolígrafo comenzó a moverse sobre el informe como si un ente moviera la mano blanquecina en escritura automática, mientras nuestras miradas se cruzaban y se volvían a separar. La revelación había sido tan tremenda que el silencio eran gritos sordos entre nuestras almas. Yo veía que habíamos conectado. Ella estaba en la misma onda que yo o al menos eso creía.

—¿Superhéroe gramatical?

—Si señorita, ¿Qué es lo que no entiende?

—El término en si se me hace algo confuso.

—Soy el hombre que, desde el anonimato, se dedica a asaltar los textos escritos en estos días en busca de errores en nuestro idioma, persiguiendo a los infractores hasta que cambian lo que han escrito.

—¿Y usted se considera un superhéroe? —Me preguntó ella con un tono que no me gustaba en absoluto.

—¿No cree usted que eso es ser un héroe? Una persona que vela por el idioma que ha mamado desde la infancia. Una persona que lucha por no perder los valores y las señas de identidad que han llevado a su idioma a lo más alto en el mundo, conquistando cada rincón del planeta. —Sentía que me estaba viniendo arriba. Ella me miraba perpleja sin dejar de escribir en los folios cada más menos blancos y más llenos de garabatos—. Créame señorita que esto lo hago para que las futuras generaciones de jóvenes conozcan la profundidad y la solera de un leguaje tan rico como el nuestros. ¿No le parece suficientes argumentos como para sentirse un superhéroes frente al mundo?

—Está bien, señor Lefo, tiene usted razón. Mirándolo de esa forma, es usted el héroe que la academia de lengua debiera tener en consideración e incluso en nómina.

—Pero señorita —le interrumpí—. La academia de la lengua no debe saber de mi existencia, ¿lo comprende?

—Si señor, perfectamente.

—Necesito ocultarme en las sombras para ejercer mi vocación de la mejor de las maneras, pero es pronunciar la palabra “sombras” y sentir escalofríos frente a la negrura. Allí donde ninguna palabra se puede leer ni escribir sin ser vista. Necesito que me ayude, por favor.

Ella detuvo la escritura y me miró a los ojos. Comencé a temblar, a sentirme cansado y febril. Ella me miraba a través del blanco de mis ojos, podía verle penetrar en mi mente y escudriñar cada palabra o pensamiento que flotaban en mi cerebro. Respiraba con lentitud y armonía y mis ojos caían en el profundidad de cada inhalación y exhalación. Las pulsaciones se iban deteniendo y sus ojos cada vez más verdes y brillantes. No estaba seguro si eran segundos los que corrían sobre los números del reloj o eran horas interminables. No podía articular palabra, tan solo dejarme llevar por el vapor del perfume de fresa que rodeaba la estancia.

—Señor Lefo —dijo como si un manotazo me atizara en el rostro hipnotizado trayéndome a la realidad—. ¿Su problema con la oscuridad es realmente un problema porque en ella es incapaz de ver la palabras mal escritas?

—Si señorita. Es un tragedia. Me siento indefenso y desprotegida. Como si fuera nada en esta vida.

—Y que me dice de las linternas. ¿A probado a encender una linterna mientras busca esos errores de los que habla?

—Si señorita. Pero el color se difumina en mis ojos y todo los veo borroso y poco claro. Necesito otra solución.

—Está bien. Creo que sé lo que está usted buscando. Espere un momento aquí que enseguida vuelvo.

Se levantó mostrándome unas pierna suaves y pálidas sobre unos negros zapatos sin tacón con los que salió de la habitación con una explosión de fragancia a flores silvestres.

Empecé a ponerme más nervioso al ver que el tiempo transcurría y allí seguía sin soluciones y perdiendo el tiempo valioso en el que podía estar luchando contra los malhechores lingüísticos.

Al poco tiempo, volvió con un libro fino bajo el brazo. Se sentó en su silla blanca y lo abrió mostrándome algo que no era un libro. Una especie de pantalla como las de la televisión en la que brillaban las letras sobre fondo blanco.

—¿Qué es esto? —Pregunté asombrado.

—Esto, señor Lefo, es la solución a sus problemas. Una pantalla retroiluminada que le permitirá actuar contra las fuerzas del mal más allá del atardecer. Vea como las letras no desaparecen en la oscuridad. —Mientras cerraba la contraventana de la consulta—. Disfrute con la magia de superhéroe que le traigo.

—Realmente esto es magia. Me ha salvado usted la vida, señorita. Esto tengo que probarlo. ¿Qué le debo?

—Nada, señor Lefo. Esto forma parte de la sesión. —De un cajón sacó una caja y me la entrego en la mano, rozando con suavidad cada nervio activo de mi mano—. Deberá tomar una pastilla al día de esta caja para contrarrestar los efectos nocivos de la lucha contra la oscuridad, de lo contrario puede que pierda fuerzas en su lucha contra los malos escritores.

—Gracias —le dije con una amplia sonrisa—. No sé como se lo voy a agradecer.

—La semana que viene nos volvemos a ver y entonces me cuenta qué tal le ha ido con la magia nueva que utiliza, ¿De acuerdo?

—Perfecto, señorita.

—Que tenga usted un buen día, señor Lef… Digo, MrLefo.

—Que no le oiga nadie —le insté a bajar la voz mirando a la sala de espera por si había llegado algún otro paciente—. Hasta la semana que viene, señorita.

Salí de la consulta, cruce un pasillos largo y estrecho, de pareces blancas. Salí a la calle, llena de flores primaverales y caminado con una sonrisa plena, llegué hasta mi casa de luces tenues y pintura blanca, donde me esperaba la aventura de vivir sin el miedo a que la oscuridad me derrotara.

RETO 1: No podremos ir

—¿Qué hora es? —Preguntó mirando a luz tenue que se colaba por la rendija de la ventana cerrada, con los ojos medio abiertos, maldiciendo el tamborileo que tenía en su cabeza por todos los tragos que había tomado.

—No veo el reloj, pero creo que es de día porque esa luz no es de las farolas —contestó Julian incorporándose.

—Se me ha olvidado llamar a mis padres para felicitarles el año —dijo Claudia estirando su cuerpo desnudo sobre la cama deshecha—. No he mirado el movil. Seguro que lo tengo frito de llamadas y mensajes.

—Con lo perjudicada que llegaste a casa, lo normal fue lo que pasó.

—¿Qué pasó? —Con cara de asombro, se puso en pie sujetando la sien como si la cabeza le fuera a estallar —. La verdad es que no me acuerdo de nada.

—Tranquila. Eso es lo que pasó. Nada.

Claudia le sonrió mostrando el blanco brillo polar de sus dientes mientras se dirigía al cuarto de baño. Sus curvas se contoneaban con suavidad provocando olas del perfume de su piel que inundaban la estancia semi iluminada. Julian no podía dejar de mirarle el culo respingón hasta que desapareció tras la puerta del baño. Se puso los pantalones y abrió la persiana que impedía ver el sol.

—Claudia… —Su voz temblorosa alertó a la joven que, extrañada, salió a ver qué sucedía—. Tienes que ver esto.

Se acercó a la ventana donde la cara de Julian palidecía por momentos. Un paisaje desolador se levantaba en el jardín de la casa. Había cientos de cuerpos descuartizados, colocados en el suelo en forma de espiral. Brazos, piernas, cabezas, intestinos o tendones, todos fuera de lugar. La hierba bañada en sangre casi negra como una noche de luna nueva. Un olor putrefacto rodeaba el cercado de más de tres metros de la casa. Dentro de la piscina, un Ferrari rojo se ahogaba desde hacía poco en una turbia agua de escaso cloro y exceso de sangre.

—¡¿Pero qué mierda es esta?! —Claudia no pudo reprimir el vómito que calló sobre la entrada de casa—. Julian. ¿Qué es esto?¿Qué a pasado?

—Claudia. Tranquilízate. Puedo explicarlo todo. Llegamos muy tarde y no quería despertarte. Entre el alcohol y la coca que me había metido, no sabía si iba muy rápido o no, quise esquivar los cuerpos que tenía en la entrada y cuando me di cuenta estábamos flotando en la piscina. Tú estabas casi inconsciente, solo tiritabas de frío, así que te cogí como pude y te llevé a casa. El resto de la historia está muy borrosa…

—Al agua… Julian, que no me acuerdo de nada y veo el Ferrari dentro de la piscina. Julian, que mi padre me mata.

—Perdóname. Puedo llamar a mi primo Pedro que tiene un amigo que trabaja con las grúas municipales para que nos saque el coche y luego miramos a ver cómo arreglarlo.

—Calla… Calla. Putas lagunas mentales. Para que te dejaría conducir a ti. La que me has liado.

Claudia se marchó con rostro tenso de nuevo al servicio, como un día de tormenta. A los pocos minutos salió con un chandal negro brillante y una zapatillas rojas. Julian seguía mirando por la ventana de la habitación, con la mirada perdida, fumando un cigarro, ausente. Miró a Claudia que estaba recogiendo la cama con exceso de garbo, maldiciendo a su novio entre dientes.

—Cariño —le dijo con voz tristona—. Perdóname, por favor.

—Lo que tienes que hacer es recoger todos esos cuerpos que tienes en el jardín antes de llamar a nadie. Y hazlo rápido porque tenemos que ir a casa de mis padres a comer. —Se detuvo un instante y en su mente se dibujó el coche ahogándose en la piscina—. A ver como cojones le digo yo a mi padre que le hemos tirado el coche al agua. ¡Su coche!

La ira se encendía en la mirada de Claudia. Julian, agachó la cabeza y bajó con paso firme al jardín mientras llamaba a su primo Pedro para pedirle el favor. Ella se prendió un cigarro después de terminar con la cama y se asomó a la ventana de nuevo, con gestos de dolor intenso al ver la burbujas que salían del fondo de la piscina.

—¡Mi amor! —Gritó Julian arrastrando un contenedor verde de tamaño mediano hasta el acceso de piedras del jardín —. Me ha dicho mi primo que en una hora están aquí los dos.

Ella le miró con todo el odio que levaba dentro. Las caladas al tabaco, de resaca, eran su remanso de paz. Desde la ventana observaba como Julian iba echando los trozos de carne humana destrozados. De vez en cuando le venían arcadas cuando se deslizaban entre sus dedos intestinos sueltos, tendones partidos o músculos que desgarrados.

Tras una intensa hora recogiendo, limpiando la hierba manchada y escondiendo el contenedor tras los arbustos que daban al mar, tocó el timbre de la verja. Julian se acercó a abrir mientras su primo le sonreía. Se fundieron en un abrazo.

—Feliz año nuevo primo —dijo Pedro—. ¿Qué te ha pasado, cagón?

—La he liado con el coche del suegro.

—¿El coche del suegro? ¿No me digas que lo has tirado a la piscina? —Pedro esbozó un amplia sonrisa—. Eso tengo que verlo. —Una carcajada salió de su boca.

Julian golpeó a su primo pero no pudo reprimir la carcajada. El amigo de Pedro los miraba en silencio, pero por dentro sonreía igualmente.

—Primo, este es Guzman, hoy será tu mejor amigo.

—Estoy seguro que sí.

Metieron la grúa hasta el borde al piscina. Claudia les miraba desde la ventana fumando un nuevo cigarro. No se había movido de allí desde que su novio estaba tratando de arreglar semejante cagada. No dejaba de pensar en lo que le iba a decir su padre. “Y encima en año nuevo” pensaba. “Tengo que dejar de beber” se decía una y otra vez viendo el panorama.

Habían conseguido enganchar el Ferrari al cable metiéndose Julian en la piscina, llena de agua mezclada con aceite y combustible. El suelo de la piscina estaba resbaladizo porque, en invierno, guardaba los cuerpos descuartizados allí, cuando la vaciaba de agua.

—¿Ya lo tienes? —Preguntó Guzman.

—Si —contestó Julian subiendo a la borde—. Dale primo, vamos a subir el coche a ver la que he liado.

—Toma. Sujétame la llave que voy a echarle una mano a tu primo.

Cuando Julian cogió la llave inglesa el tiempo se detuvo. Claudia soltó el enésimo cigarrillo que tenía en la mano y salió corriendo escaleras abajo. El cielo parecía oscurecerse por momentos. Ella gritaba, pero sus gritos no se oían fuera de casa. Nunca había corrido tanto ni tan rápido como aquel día. La resaca desapareció cuando vio el fuego intenso arder en los ojos de su novio.

Al salir al jardín ya era tarde. Guzman y Pedro estaban en el suelo junto a la piscina. A Pedro le faltaba medía cabeza. La otra media flotaba junto a la puerta del conductor del coche. El cuerpo de Guzman temblaba sobre un manto de sangre fresca, con los ojos fuera de sus órbitas y la mandíbula partida.

“Tengo que dejar de fumar” pensó ella mirando la escena.

Silencio.

Claudia miró a Julian mientras sacaba un cigarro del bolsillo. La mirada perdida de Julian pedía perdón una vez más.

Claudia entró en casa, descolgó el teléfono y marcó el número de sus padres.

—¿Diga? —Una voz debil sonó al otro lado.

—Feliz año nuevo mamá —dijo Claudia recomponiéndose, con un agudo dolor de cabeza golpeando sus pensamientos.

—Hija, feliz año. ¿A qué hora venís?

—Mamá —dijo tragando saliva, mirando al jardín—. Me temo que no podremos ir a comer.